Yo también soy un crío

Y lo decía muy serio, como si en realidad se lo creyera, mientras ella le miraba graciosa desde el asiento trasero del coche. No podía resistirse a esa cara de enfado. Con el ceño fruncido y las manos en el volante, fuertes y apretadas, de verdad parecía un niño a quien le acabaran de quitar su juguete. Se quedaron en silencio unos minutos y ella se dedicó a ver pasar las luces de la carretera. Pensó en el tiempo que hacía que se conocían y en el cambio que se había producido en los dos desde entonces. En él, era casi tangible. Se había convertido en un hombre que podía ser niño siempre que quisiera y tirar manzanas desde la ventana o solucionar con su risa los momentos más tensos.
Se quitó el cinturón para darle un beso. – “Tú eres estupendo”, pensó.

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