El dolor del Kosovar

Yo conocí a un genio.

Hizo falta muy poco para deslumbrarme con todo aquello de lo que era capaz. Escribir, dibujar, pintar, componer, tocar, cantar… todo era un juego en sus manos. Nada había difícil, tenía un don y fui su musa.

Siempre he admirado a la gente brillante y ¿quién no se enamoraría de Picasso, Renoir, Leonardo Da Vinci, F. Lloyd Wright, Mozart… si viera evolucionar su obra desde dentro? Yo lo hice y entré en la mente de un genio. E igual que en el país de las maravillas existía un lado oscuro, solo que esta vez, Mordor era mucho mayor de lo que nadie imaginaba. En sus manos, papel, cartón, espejos, cuerdas, púas y personas eran moldeables y se convertían en marionetas. Las canciones y poemas pasaron a ser manifiestos, sus cuadros, demostraciones de poder y las palabras humillaciones. Su fragilidad indefensa, despiadada enfermedad y la musa, dejó de ser inspiración para ser muñeca.

Hoy sólo inspira piedad, pero ya nunca podré decir que yo no lo consentiría.

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